Cuando hay amor en nuestro corazón recibimos las palabras que nos parecen ofensivas con grandeza de espíritu. Esas palabras se pudieron haber pronunciado en un momento de acaloramiento, de furia, de nervios sin calibrar cuánto podrían ofender, ni dañar, por lo tanto, no nos deben alterar. Pero si realmente tienen razón, tampoco nos sentimos mal por las palabras ofensivas o por los ataques furibundos. Nos disculpamos y trataremos de reparar el daño a nuestro interlocutor. De todas formas, lo debemos mirar con mucho amor. Lo que transmitimos es lo que recibimos, de la forma que le miramos, así seremos vistos.
No es fácil reaccionar con tranquilidad ante un ataque verbal furibundo, pero poco a poco nos vamos percatando que nunca es bueno reaccionar como el ofensor. No debemos aceptar la rabia, el odio o la envidia del otro. No debemos ponernos a su nivel.
Somos seres de paz y de amor para comprender nuestras debilidades y la de los demás; por consiguiente, nuestro caminar es claro y diáfano, siempre en busca de la luz que nos permita convivir en paz con nosotros mismos y con los demás.
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Foto tomada de la red.














