lunes, 27 de abril de 2009

Tenemos dos opciones: Aceptar y luchar o amargarnos, ¿cuál eliges?


Estuve acomodando leña y me clavé una astilla insigificante. Traté de extraerla, pero no pude, me fue imposible, pues estaba clavada muy profundamente. Pensé que más tarde lo haría, quería terminar el trabajo para irme a duchar, luego cenaría y me dispondría a escuchar música o a leer algún libro interesante.
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Así lo hice, pero me olvidé del resto de astilla que se me había clavado. Más tarde me acosté y me empezó a latir el dedo con un cierto dolorcillo. Pensé que por la mañana me lo quitaría sin falta.
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A los pocos minutos ya el dolor era considerable. Me encontraba inquieto y no podía conciliar el sueño. No pasaron muchos minutos y parecía que se me iba a estallar el dedo.
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Me levanté con prontitud, tomé un alfiler, lo esterilicé y lo introduje con cuidado en el lugar donde se enconraba el pequeño cuerpo extraño y conseguí extraerlo. De repente me encontré aliviado, sin molestias. Me lavé el dedo con agua y jabón y me apliqué un antiséptico y me fui a la cama donde me quedé dormido al instante plácidamente.
Este hecho me hizo reflexionar y compararlo con los problemas que se le presentan a uno y la forma de afrontarlos.
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Tal como sucedió con la astilla, si se dejan sin solucionar cada vez va emporando nuestra estabilidad y equilibrio emocional.
Cuando tengamos un conflicto lo hemos de analizar, buscar la mejor solución y llevarla a cabo lo antes posible.
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La mayor parte de las veces los problemas que surgen no son difíciles de solucionar, sólo falta decisión y voluntad de hacerlo. Y en caso de postergarlos, cada vez se van emponzoñando hasta que se hace imposible convivir con ellos. Al final, terminaremos por afrontarlos y solucionarlos. Pero, ¿para qué esperar a que se agraven, si los podemos arreglar desde el principio?
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Otras veces nos preocupamos de algo que finalmente no se produce. Entonces, ¿para qué adelantarnos a los acontecimientos?
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Nosotros podemos vivir con tranquilidad de mente y de espíritu, si vivimos el aquí y el ahora, disfrutando de todo lo que nos ofrece la Naturaleza y valorando todo lo que tenemos. ¿Para qué preocuparnos de lo que carecemos? Muchas veces eso es mucho menos determinante que lo que realmente poseemos.
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Es hermosa la vida si la sabemos vivir. Levantarnos con optimismo, con buenos pensamientos, con una reflexión, disfrutando de todo lo que vemos, lo que hacemos, de la compañía de los que nos rodean. Todo eso ayuda a pasar el día con más alegría y provecho.
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Nadie duda que hay problemas, que se pasa por una crisis, pero si la afrontamos con buen ánimo lo pasaremos mejor. Es importante estar ocupados, pues una mente inactiva es proclive a buscar los problemas y magnificarlos.
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Además, nosotros tenemos dos opciones, el aceptar y luchar, o amargarnos y mirar para otra parte.
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¿Qué eliges tú?
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Foto tomada de la red.
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miércoles, 8 de abril de 2009

Cuento zen

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Chiyono era una mujer bella. Aunque en su interior atesoraba el amor más puro y hermoso, la mayoría de los hombres que se acercaron a su vida buscaban disfrutar del deseo que les despertaba la perfección de su cuerpo. Y Chiyono descubrió que no había hombre que pudiera corresponder a su amor; que el único amante que podía ver lo que los ojos velaban era el amor divino. Y vagó de monasterio en monasterio, y en todos recibió la misma negativa.
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Su belleza sólo podría alterar la tranquilidad de los monjes, y hasta era posible que consiguiera con su sola presencia que más de uno abandonara la austeridad y el silencio.
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Chiyono, cansada de ser valorada sólo por su aspecto, deformó su cuerpo sometiéndolo a dolorosas quemaduras. Su rostro, de piel aterciopelada y blanco perla, era ahora carne viva y purulenta. Tras recuperarse de sus heridas, decidió volver a visitar los monasterios que antes le habían cerrado sus puertas.
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Al ver su aspecto y conocer el porqué de su estado, los monjes aceptaron respetuosamente su presencia y valoraron su deseo de volcar su vida al despertar divino.
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Cuando pudo por fin dedicarse a lo que quería, estuvo años -década tras década- realizando las mismas rutinas, pacientemente, intentando mantenerse alerta a las indicaciones de los maestros y a sus propias experiencias.
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Su vida era bien sencilla pero había aprendido que no eran las actividades en sí las que daban plenitud y sentido a la vida, sino la actitud con que éstas se realizaban.
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De sus maestros había aprendido también a observarse al caminar… al fregar el suelo… al preparar la comida… al meditar sentada frente a un muro carente de objetos… Observaba su aburrimiento, su tristeza, su ira, su sueño… y sabía que en la realidad iluminada nada de esto era de ella… Si se aburría, se decía: “el aburrimiento está pasando por mí”… Si reaccionaba con ira, no la reprimía, ni justificaba; se observaba y se decía: “La ira está pasando por mí”.
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Y así estuvo años y más años, intentando ir más allá de la aparente repetición de la rutina, para descubrir la cualidad de frescura y espontaneidad que tenía, no la acción en sí (fuera o no fuera nueva), sino la vivencia constante en el eterno presente.
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Una noche, realizando una de las tareas propias de su rutina, fue a buscar agua a un pozo cercano. Tras llenar el destartalado cubo, se dispuso a llevarlo con calma y cuidado para no perder parte de su preciado contenido durante el camino. La noche, de nubes y claros, estaba tenuemente iluminaba por el resplandor de una hermosa luna llena.
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Chiyono alternaba su vista en el suelo, la Luna y el reflejo oscilante de ésta en el agua del balde. De repente, mientras observaba el reflejo de la luna en el agua, tropezó, cediendo las asas y rompiéndose al impactar contra el suelo.
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Durante unos instantes, la monja Chiyono permaneció inmóvil, observando los restos del cubo y cómo el agua se filtraba poco a poco en las porosidades del suelo. Luego, miró directamente a la Luna. Y en ese sencillo percance, tras años de esfuerzo, paciencia y tenacidad, Chiyono se iluminó.
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Rememorando lo que sintió en ese instante, escribió: De un modo u otro traté de mantener el cubo íntegro, esperando que el débil bambú nunca se rompiera. De repente, el fondo se cayó. No más agua; no más reflejo de la Luna en el agua: vaciedad en mi mano.
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