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viernes, 17 de junio de 2011

Desde el Planeta Azul a la Estrella Imaginaria


-¿Dónde está tu hermana Alicia?
-No lo sé, salió  a tender la ropa hace más de media hora y no ha vuelto.

Cuando su papá salió para cerciorarse del paradero de su hija, sólo pudo observar un inmenso círculo de fuego que había quemado parte de su finca de cebollas que se encontraba en la parte posterior de su casa, y un fuerte olor a azufre le hizo retroceder y cubrirse su nariz con un pañuelo.


El señor, estupefacto, fue a denunciar de inmediato la desaparición de su hija, y el extraño suceso en que se había visto implicada, ante la policía.

Después de siete días de incertidumbre apareció la niña en un bosquecillo cercano. Se encontraba un poco mareada, probablemente porque le habían suministrado algún narcótico.

Todas las autoridades del pueblo se acercaron a la infanta y ante sus reiteradas preguntas sólo decía que había ido un momento a un país maravilloso donde todo era luz, alegría, diversión y amor. Continuaba explicando que jugó con niños, los cuales parecían que los conocía desde hacía muchos años, con unos juguetes extraños, pero muy divertidos. Y que en ese país cuidaban con mucho amor la naturaleza, los animales, los árboles y plantas, y que no había contaminación, ni ruidos molestos, y que todos formaban una gran familia, y que se ayudaban unos a los otros como verdaderos hermanos.


A partir de ese momento Alicia soñó en que nuestro Planeta Azul se convertiría en un lugar como en el que había estado. Y desde entonces hasta su muerte luchó para que así fuera.


Esa llamita de luz y esperanza de aquel lugar desconocido, le dio fuerza para viajar por toda la Tierra dando a conocer su experiencia y convenciendo a todos del extraordinario planeta en que habitamos, y que había que cuidarlo con mucho esmero y amor.


Cuando Alicia falleció, voló rauda hacia aquella estrella que brilla en el firmamento, donde había estado de niña, y allá permanece eternamente disfrutando de aquel idílico ambiente.


Y desde ese maravilloso lugar nos envía toda su energía para que cuidemos con ilusión y amor a nuestra amada Pachamama.

domingo, 17 de octubre de 2010

El Bosque Chileno y Pablo Neruda


El poeta Pablo Neruda es uno de los más grandes escritores, reconocido mundialmente  por su trayectoria literaria, política y social. Gabriel García Márquez lo califica como "el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma".

Profesaba un gran amor a su país y de niño aprendió a amar la Naturaleza en sus viajes en tren hacia Boroa, en La Araucanía, donde un exuberante y espectacular bosque le extasiaba a su paso y quedó prendido en su alma para siempre. Él amó a los inmortales árboles enhiestos hasta besar el cielo, se embelesaba con los caídos después de una larga vida,  y que permanecían silenciosos, anclados en el pasado, siendo mudos testigos de la historia. Amaba los pájaros y demás especies que le acompañaban con su canto, en sus paseos por el bosque, a los helechos que jugueteaban acariciándole el pelo y mojando su cara con millares de gotas, que como lágrimas le salpicaban y le resfrescaban.

Neruda cantó al bosque chileno en el poema que sigue, en su obra Confieso que he vivido. 

Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros,
entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso,
el enmarañado bosque chileno... Se hunden los pies
en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza,
los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura,
un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre
los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena
como un oboe... Me entra por las narices hasta el alma el
aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo... El ciprés
de las Guaitecas intercepta mi paso... Es un mundo vertical:
una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas... Tropiezo
en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa
araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande
como un cangrejo... Un cárabo dorado me lanza sus emanaciones
metálicas, mientras desaparece como un relámpago su radiante
arco iris... Al pasar cruzo un bosque de helechos mucho
más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara
sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí
quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos...
un tronco podrido: ¡qué tesoro!... Hongos negros y azules
le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado
de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado
sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas,
como una emanación, como que al tronco muerto
se le escapara el alma... El universo vegetal susurra apenas
hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre”.
“Quien no conoce el bosque chileno,
no conoce este planeta”.

Pablo Neruda