Mágico vuelo
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mi frondoso almendro en flor
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renaces en mí.
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Mi madre, Purita Hernández, en el día de hoy, voló hacia el Paraíso.
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Fue un ejemplo para todos. Su trabajo, su fortaleza y su amor fueron un pilar en nuestras vidas.
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Quedará para siempre su recuerdo y su enseñanza.
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Descanse en Paz.
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Foto de Purita, mi madre, en el año 2007. Tenía 91 años. Mi madre ya está viejecita. Ya es un ángel que tiene poca energía para volar.Hace muy poco estuve en mi tierra, Canarias, y pude compartir un mes intensamente con ella.Ya se encuentra con pocas fuerzas, con dificultades para respirar. Hasta hace unos pocos meses todavía podía caminar para ir al baño o a la sala para sentarse en su silla, pero fue ingresada en el hospital por problemas respiratorios y allí le atacó una neumonía que la dejó casi sin fuerzas para continuar.
Por la noche pierde la paciencia porque no puede dormir:
-Juan Antonioooo- me llama a grito pelado- Ayudaaaaa.
-Mamá, son las tres de la madrugada, los vecinos duermen y yo quiero hacerlo también- le comento.
-Ah, ¡todavía es de madrugada! No lo sabía.-
-A dormir, que aún falta para que amanezca.
Pasado un rato, llama de nuevo:
-Juan Antonioooo…Juan Antonioooo…Ayúdame a respirar.
Ella llama y llama, a pesar de que se le había colocado la mascarilla con los aerosoles y se le mantenía permanentemente con oxígeno en las fosas nasales.
Finalmente cae rendida y duerme un buen rato. Mientras tanto, yo medito en la evolución que experimentamos a lo largo de la vida. Recuerdo muy bien a mi mamá que había sido una mujer luchadora durante toda su existencia. Antes que nada cuidó de sus padres hasta que fallecieron. Luego dejó su vida para sacar a sus cinco hijos hacia adelante y proporcionarles cuidado, cariño y estudios. Atendió la tienda, primero de aceite y vinagre, y luego un bazar que fue muy conocido en La Aldea de San Nicolás por ser la primera tienda en vender juguetes, que eran la delicia de los niños del pueblo.
Siempre fue un referente en la familia. Una persona fuerte que junto a mi padre, Antoñito, llevaron el barco hacia buen puerto. Ya ancianos, rodeados del cariño de sus hijos, nietos y biznietos han ido envejeciendo con una espléndida lucidez. Mi padre partió hacia su nuevo destino hace cinco años. Mi madre siguió aglutinando a toda la familia, interesándose por cada uno de sus miembros, proporcionando compañía y mucho amor.
En estos momentos su vida languidece y cuando está en cama parece una niñita llamando a su mamá, pero ella aclara que ahora su madre es mi hermana que la cuida. No obstante su estado delicado, por la mañana, sentada en su silla, me saluda mirándome con dulzura:
-Buenos días, cariño, ¿cómo se amanece?
Esa es la vida, nacemos niños y en la vejez volvemos a la niñez.