martes, 29 de julio de 2008

Señor atrapado con un sostén en la mano

El sostén cumple una función práctica a las señoras y, al mismo tiempo, realza sus preciosos pechos que, ligeramente caídos, parecerían que estuvieran ya en declive. Pero nada que ver, ellos se mantienen firmes y erectos cual chica dieciochera, sólo con la ayuda de la maravillosa prenda que fue inventada hace mucho tiempo, no habiendo constancia de quién, cuándo o dónde se inventó. Aunque se sabe que en los tiempos de Roma algunas atletas se mantenían los pechos con un trozo de tela. Así como que en los años 20 es cuando el sostén se separó del corsé.

Los hermosos pechos de las señoras están bien recogidos en el fino sostén de seda, el cual realza su busto y se los mantiene en la posición ideal para embellecerla y, al mismo tiempo, para no producirle daño en las vértebras cervicales.

Además de daños físicos también puede producir otro tipo de problemas, como le sucedió a un señor que había estado con una dama pasándoselo en grande, pero era tanto lo que ella lo amaba que quiso dejarle un recuerdo en su bolsillo: le introdujo el fino sostén de seda, con unos encajes preciosos, en el bolsillo del abrigo del caballero.

Cuando él llegó a su casa, recogió a su esposa y se dirigieron al teatro.

Se encontraba la feliz pareja en el palco a mitad del concierto, cuando al señor le dio catarro y se le ocurrió introducir su mano en el bolsillo del abrigo, con el objeto de usar su pañuelo para sonarse. En vez de sacar el lienzo extrajo un precioso brasier de color rojo intenso, parecido a la sangre de toro, todavía con el perfume de la bella joven a quien había visitado recientemente.


El señor se quedó lívido, comprendió que esa prenda de lencería la había visto aquella misma tarde, la cual lucía esplendorosa en los pechos refulgentes de su amada dama. Enseguida quiso tirar hacia atrás la linda prenda de lencería, pero se contuvo al ver que su esposa se había quedado pasmada. Con sus inmensos ojos abiertos como platos y con un amargo rictus en su cara, se dispuso a dar un sonoro grito. Abrió la boca, cual negra cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero de ella no salió ni un gemido. Se había quedado paralizada, sin voz. El marido en voz baja le dijo que probablemente a la chica de la tintorería se le había quedado olvidado tal prenda en el bolsillo.

La mujer al fin pudo hablar y le replicó que habían llevado el abrigo a la tintorería por última vez hacía ocho meses. El señor, apurado por los efluvios nasales y por el embrollo en que se había metido, introdujo su mano en el otro bolsillo con el fin de sacar su pañuelo, pero esta vez sacó las braguitas rojas, con un fino encaje, que hacían juego con el sostén. Ya la mujer no pudo más y sacó a empellones a su marido del palco para poder decirle más de una cosa en el pasillo. En ese momento el caballero pensó cuánto lo amaba la dama con quien había estado. ¡En menudo jaleo lo había metido!

Esta prenda, a pesar de algunos problemillas que a veces puede ocasionar, es de muy reconocida utilidad. Los hay de muchos tipos, formas y colores para embellecer y dar forma a los pechos de las damas; no obstante, algunas veces tienen sus inconvenientes.
Uno de éstos le sucedió a un señor que estaba tan apasionado besando a su amada que le iba recorriendo cada poro de su piel por el cuello, y bajaba seductor saboreando las anatómicas formas de su pecho. Tan hermosos y turgentes los encontró que abrió la boca para darle un beso, al tiempo que cerraba románticamente sus ojos. Cuando se disponía a posar su boca en el lugar elegido se le introdujo la varilla del sostén en la nariz, la cual le produjo un torrente sanguíneo que hizo que se diluyera el momento mágico. Lo más que pudo hacer la decepcionada pareja fue ir al baño en busca de un algodón para taponar la hemorragia.

Pero los sostenes son cada vez más seguros para evitar esos problemas. Los hay de varios tamaños y formas. Las señoras que tienen el pecho pequeño usan uno minúsculo o uno un poquito mayor con un relleno. Las hay que de tan pequeños que son sus atributos no usan sostén, por lo que van marcando en su polera sus oscuros pezones, lo que soliviantan a más de uno. Sin embargo, las señoras que tienen pechos muy grandes suelen usar alguna talla más pequeña que la que debieran, con el fin de no lucir el busto tan grande, pero eso les produce dolor físico e incomodidad. Deben comprar sostenes que les queden bien, para lo que precisarán que se tomen las medidas exactas, lo que en los establecimientos se lo harán sin cargo alguno. Se han hecho encuestas que han dado el resultado que siete de cada diez mujeres llevan el sostén con talla errónea.

A veces los errores cuestan dinero, como le sucedió ayer a mi vecino, un señor español, a quien se le había estropeado la lavadora y me llamó para que tratara de arreglarla, pues él sabía que yo soy un manitas. Estuve mirando las conexiones, los filtros, el tambor, dentro de mis escasas posibilidades visuales, y opté por decirle a mi vecino que era mejor llamar al técnico, puesto que no habia ninguna anomalía visible.

Poco después llegó el técnico y se le explicó que el problema era que el tambor estaba suelto y que hacía un ruido ensordecedor, como si fuera a desprenderse y echarse a volar, o quizás pudiera explotar porque daba algunas veces olor a quemado. ¡Claro, la lavadora se encontraba en el baño!

Después de las someras explicaciones que le dimos, desarmó el tambor y llamando la atención de todos, exclamó: ¡Esta es la causa del problema!, al mismo tiempo que enarbolaba una barba de sostén, grande y arqueada.

Al ver tamaño pedazo de alambre pensé inmediatamente en el pobre señor a quien se le había clavado en la nariz, mientras besaba apasionadamente los pechos de su amada.

Finalmente, el técnico parsimoniosamente recogió sus herramientas y espetó: ¡Son cuarenta mil pesos!

-Coño, exclamó mi vecino, ¡si cuesta más que un sostén de primera calidad!

2 comentarios:

María Angélica dijo...

Que buen relato!!!!!
Muy entretenido.
Te enlazaré.
Saludos.

Juan dijo...

Gracias, María Angélica, por tu visita y por tu comentario.

Saludos,

Juan Antonio